Hubo una época en la que estaba convencida de que podía con todo.

Trabajo.

Hijos.

Equipo.

Clientes.

Padres enfermos.

Familia.

Amigos.

Urgencias.

Imprevistos.

Responsabilidades de todo tipo.

Y además me sentía orgullosa de ello.

Durante años escuché frases como:

—No sé cómo llegas a todo.

—Madre mía, qué capacidad tienes.

—Yo no podría con lo que llevas encima.

Y lo peor es que yo también me lo creí.

Pensaba que era una fortaleza.

Que ser capaz de sostenerlo todo era una virtud.

Hasta que empecé a descubrir que quizá también era parte del problema.

La conversación que me hizo pensar

Meses después de sufrir dos abortos, uno de ellos avanzado, sin cogerme ni un solo día de baja, empecé a pensar que tenía alguna enfermedad grave.

Fui al médico.

Me exploró y me dijo:

—Lo que tienes es ansiedad.

Y me recetó ansiolíticos.

Mi respuesta fue inmediata:

—Si solo es eso, entonces no pasa nada. No voy a morirme.

Entonces me preguntó:

—¿Tú qué eres, una jabata simpática que puede con todo?

Y yo, completamente convencida, respondí:

—Por supuesto.

Y me fui de allí sin las pastillas.

Hoy me hace gracia recordarlo.

Aunque también me hace pensar.

Porque aquella respuesta contenía mucho más de lo que yo era capaz de ver en aquel momento.

Lo que descubrí cuando dejé de intentar llegar a todo

Parar no ocurrió de un día para otro.

Fue un proceso.

Y tuvo consecuencias inesperadas.

Empecé a distinguir lo importante de lo urgente

Durante años había utilizado herramientas de organización, planificación y priorización.

Sabía perfectamente cómo aplicar la matriz de Eisenhower al trabajo.

Lo que no sabía era aplicármela a mí misma.

Empecé a descubrir que muchas de las cosas que absorbían mi energía no eran realmente importantes.

Simplemente eran urgentes para alguien.

Otras personas empezaron a crecer

Cuando dejamos de resolverlo todo, ocurre algo curioso.

Las personas que nos rodean empiezan a asumir responsabilidades.

Aparecen soluciones que no habíamos imaginado.

Emergen capacidades que permanecían ocultas porque alguien ya estaba ocupándose de todo.

Descubrí el valor de no hacer nada

Durante mucho tiempo asocié acción con progreso.

Después entendí que algunas decisiones necesitan espacio.

Que no intervenir también es una decisión.

Y que muchas veces es una de las más difíciles.

Recuperé energía y claridad

Cuando dejamos de vivir permanentemente apagando fuegos, recuperamos algo muy valioso.

Perspectiva.

Y desde esa perspectiva empiezan a aparecer decisiones que antes parecían imposibles.

Algunas tan importantes como replantearte toda tu trayectoria profesional.

Lo difícil de dejar de ser imprescindible

La parte complicada no fue aprender a delegar.

Fue todo lo que vino después.

Aceptar que algunas cosas no se harían exactamente como yo quería.

Asumir que no todo el mundo iba a entender mis nuevos límites.

Aprender a decir que no sin sentir culpa.

Reconocer que una parte de mi identidad estaba construida alrededor de ser la persona que siempre estaba disponible para resolver problemas.

Y admitir que pedir ayuda no era una debilidad.

Era una necesidad.

El mismo patrón aparece en muchas organizaciones

Con los años he descubierto que este comportamiento no es exclusivo de las personas.

También ocurre en las empresas.

Organizaciones llenas de talento.

Equipos con profesionales brillantes.

Líderes que resuelven cualquier problema.

Y, aun así, demasiadas decisiones, demasiado conocimiento y demasiada responsabilidad concentrados en unas pocas personas.

Mientras todo va bien, parece eficiente.

Hasta que esas personas se saturan.

Se marchan.

Se ponen enfermas.

O simplemente dejan de poder sostenerlo todo.

Es entonces cuando aparecen las grietas del sistema.

La pregunta que merece la pena hacerse

Hoy creo que el problema nunca fue tener demasiadas cosas que hacer.

El problema era pensar que yo tenía que resolverlas todas.

Y resolverlas además cuanto antes.

Por eso hay una pregunta que me gusta hacerme a mí misma y también a muchas organizaciones:

Si mañana desaparecieras durante treinta días de tu puesto, ¿qué ocurriría?

La respuesta suele revelar mucho más sobre la salud del sistema que cualquier indicador de rendimiento.