Soy Sole Martínez.

Y no descanso de verdad hasta que la cocina está recogida, el cubo de la ropa vacío, el correo contestado, la caja de costura ordenada y el caos mínimamente bajo control.

Cuando voy de viaje con mi familia, suelen recoger la casa antes de que llegue, como si estuvieran preparándose para una auditoría sorpresa. Yo hago como que no me doy cuenta. Aunque la verdad es que detecto enseguida todo lo que sigue fuera de sitio.

Mis amigas y mi familia también tienen bastante claro a quién llamar cuando sienten que la casa, la agenda o la vida empiezan a desordenarse más de la cuenta.

Durante años pensé que aquello era simplemente una manía.

Con el tiempo entendí que era algo más.

Cuando participo en una reunión, mi cabeza empieza a lanzar preguntas casi de forma automática. Necesito entender qué está pasando realmente, conectar piezas, detectar patrones y distinguir el síntoma del problema.

Muchas veces las personas me cuentan una situación concreta y yo ya estoy pensando en cómo encaja dentro del sistema completo. Qué está provocando esa situación. Qué otras cosas está afectando. Qué tendría que cambiar para resolverla. Quién tendría que intervenir. Qué riesgos pueden aparecer y cómo evitar que todo vuelva a atascarse dentro de unos meses.

No es algo que haga de forma consciente.

Simplemente ocurre.

Lo curioso es que durante mucho tiempo no fui plenamente consciente de que esa capacidad tenía valor profesional.

Cuando empecé mi proyecto empresarial estaba convencida de que quería dedicarme principalmente al liderazgo femenino.

Sin embargo, una y otra vez, las conversaciones con clientes terminaban llevando a otro lugar.

  • Los equipos necesitaban coordinarse mejor.
  • Los líderes necesitaban alinearse.
  • Las decisiones se quedaban bloqueadas.
  • Los departamentos trabajaban cada uno por su lado.
  • Los procesos no fluían.

Y fue entonces cuando entendí algo importante: la vida parecía tener mucho más claro que yo a qué me dedicaba.

Porque, en el fondo, siempre había estado haciendo lo mismo.

De hecho, estudié Ingeniería Informática teniendo bastante más interés por las personas y por cómo se organizan las cosas que por la programación en sí.

Duré apenas unos meses escribiendo código antes de que alguien decidiera que probablemente aportaría más valor coordinando personas que escribiendo líneas de programación.

Y así fue como pasé de programar durante unos meses a liderar equipos durante más de veinticinco años.

Mirándolo con perspectiva, todo tiene bastante sentido.

Hoy trabajo con empresas tecnológicas ayudándolas a poner orden en ese caos invisible que aparece cuando las personas no se entienden, los equipos no están alineados o las decisiones no terminan de llegar donde tienen que llegar.

Un caos que al principio parece un problema de comunicación.

Después se convierte en un problema de coordinación.

Más tarde afecta a los procesos.

Y finalmente termina impactando en los resultados del negocio.

Quizá por eso mis jefes me quitaron el teclado tan rápido.

Probablemente vieron antes que yo que mi trabajo nunca iba a consistir en programar sistemas.

Iba a consistir en ayudar a que los sistemas funcionaran.

Solo que los sistemas eran personas.