Durante años pensé que trabajar más era la solución a casi todo.
Si había un problema, más horas.
Si algo no salía, más horas.
Si el equipo iba justo, más horas.
Si yo iba justa, también más horas.
Si no tomábamos decisiones, más horas.
Si no conseguíamos coordinarnos, más horas.
Si cada persona iba por su lado, más horas.
Mirándolo con perspectiva, mi estrategia era bastante poco sofisticada.
Consistía básicamente en insistir más fuerte.
Y cuando no funcionaba, insistir todavía más.
El problema de trabajar más
Durante mucho tiempo confundí esfuerzo con resultados.
No porque fuera especialmente ingenua.
Simplemente porque es un mensaje que escuchamos constantemente.
Que quien más trabaja llega más lejos.
Que quien más aguanta tiene más compromiso.
Que quien más sacrifica merece más reconocimiento.
Y aunque el esfuerzo importa, hay una trampa escondida.
Llega un momento en que añadir más horas deja de multiplicar resultados y empieza a multiplicar problemas.
Lo que aprendí demasiado tarde
Trabajar más no siempre arregla el problema
A veces lo único que consigue es dejarte sin tiempo para entender cuál es realmente el problema.
He pasado años intentando resolver situaciones complejas a base de energía, dedicación y perseverancia.
Lo curioso es que muchas de ellas no necesitaban más esfuerzo.
Necesitaban más claridad.
Estar ocupada y aportar valor son cosas distintas
Hubo etapas en las que terminaba la semana completamente agotada.
Había respondido mensajes.
Apagado fuegos.
Ayudado a todo el mundo.
Resuelto urgencias.
Y, sin embargo, cuando alguien me preguntaba qué había conseguido avanzar realmente, necesitaba pensarlo durante un rato.
Porque una agenda llena no siempre significa impacto.
Muchas veces significa interrupciones.
Hay personas imprescindibles y sistemas dependientes
He conocido profesionales extraordinarios.
Personas que realmente aportaban un valor diferencial.
Aunque también he visto organizaciones donde determinadas personas parecían imprescindibles simplemente porque el sistema estaba mal diseñado.
Y siendo sincera, yo misma he sido una mezcla de ambas cosas.
Un poco buena en lo que hacía.
Y un poco parte de un sistema que dependía demasiado de mí.
El agotamiento también toma decisiones
Hay algo que pocas veces se menciona.
Cuando estamos cansadas no solo tenemos menos energía.
También tenemos peor criterio.
Tomamos decisiones más impulsivas.
Vemos menos alternativas.
Pensamos peor.
Y empezamos a confundir velocidad con dirección.
Algunas de las peores decisiones profesionales que he tomado no ocurrieron por falta de capacidad.
Ocurrieron por exceso de agotamiento.
La energía es un asunto estratégico
Durante años pensé que la energía era un tema relacionado con el bienestar personal.
Hoy creo que también es una cuestión estratégica.
La calidad de nuestras decisiones depende en gran medida del estado desde el que las tomamos.
Y eso aplica tanto a una persona como a una organización.
El verdadero problema
Con el tiempo he llegado a una conclusión incómoda.
Las personas más valiosas no son necesariamente las que más aguantan.
Son las que consiguen generar resultados sostenibles sin destruirse por el camino.
Y las organizaciones más inteligentes tampoco son las que exprimen al máximo a unas pocas personas brillantes.
Son las que construyen sistemas capaces de crecer sin depender del sacrificio permanente de nadie.
Porque liderar ya es bastante difícil.
No hace falta añadir agotamiento crónico como requisito del puesto.
Quizá la pregunta no sea cuánto más puedes trabajar.
Quizá la pregunta sea qué ocurriría si dejaras de intentar resolverlo todo a base de esfuerzo.
A veces afilar el hacha sigue siendo una de las estrategias más infravaloradas que existen.
